"Fermina Daza despidió a la mayoría junto al altar, pero acompañó al último grupo
de amigos íntimos hasta la puerta de la calle, para cerrarla ella misma, como lo había
hecho siempre. Se disponía a hacerlo con el último aliento, cuando vio a Florentino Ariza
vestido de luto en el centro de la sala desierta. Se alegró, porque hacía muchos años que
lo había borrado de su vida, y era la primera vez que lo veía a conciencia depurado por el
olvido. Pero antes de que pudiera agradecerle la visita, él se puso el sombrero en el sitio
del corazón, trémulo y digno, y reventó el absceso que había sido el sustento de su vida.
-Fermina -le dijo-: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para
repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.
Fermina Daza se habría creído frente a un loco, si no hubiera tenido motivos para
pensar que Florentino Ariza estaba en aquel instante inspirado por la gracia del Espíritu
Santo. Su impulso inmediato fue maldecirlo por la profanación de la casa cuando aún
estaba caliente en la tumba el cadáver de su esposo. Pero se lo impidió la dignidad de la
rabia. “Lárgate -le dijo-. Y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de
vida.” Volvió a abrir por completo la puerta de la calle que había empezado a cerrar, y
concluyó:
-espero sean muy pocos."
García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.
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