"La permanente tensión espiritual de A. me asfixiaba. Su mente actuaba en el registro de la obsesión, enfocada en los pequeños inconvenientes que surgían en el transcurso de una jornada cualquiera, pero a su vez vigilada por un alma insatisfecha, perfeccionista. Ponía en la cuenta de su condición de mujer todos sus resentimientos, rencores y fracasos. Alguna vez, años antes, cuando la comunicación entre nosotros había sido más fácil, yo había objetado que ser hombre no me había beneficiado especialmente. Al contrario, me había planteado exigencias y responsabilidades que terminaron agotando mi vitalidad. Su respuesta fue violenta y contundente: yo era un cobarde. Y sin embargo una vez, cuando nos conocimos y yo abandoné todo por ella, me había premiado con una frase que guardé en el corazón: yo era su 'soldadito valiente'. Qué lejos había quedado aquel elogio!".
César Aira. El error.
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